Reflexiones ginebrinas (y malagueñas)
13h52, 23 de diciembre. El avión acaba de tocar suelo. Un golpe seco lo confirma. En el mismo instante, la cabina empieza a vibrar más de lo esperado y a ese movimiento se suma un ruido ensordecedor. La fuerte desaceleración se va disipando mientras, por la ventanilla, reconozco la silueta de un aeropuerto que para mí es inconfundible. Otros verán una terminal anodina, pequeña, de arquitectura discreta. Lo entiendo. Sin embargo, existen razones que trascienden cualquier diseño y esa estética instagrameable que tanto buscamos, sobre todo cuando uno regresa por Navidad a la ciudad que lo vio nacer y donde vivió la primera mitad de su vida.
El avión continúa avanzando, ya más despacio, a un ritmo que parece calculado para dejarme descubrir progresivamente la terminal principal, reconocible por el rótulo con el nombre de mi segunda ciudad: GENÈVE.

El sol, ausente, se quedó en Málaga, prisionero de un manto de nubes bajas. La tripulación completa el decorado de mi llegada anunciando una temperatura local de dos grados bajo cero. Un típico día invernal suizo, capaz de deprimir a cualquier malagueño. Pero aquí estoy yo, sentado en el asiento 22C, emocionado como cada vez que vuelvo a mi otra casa.
En ese preciso momento pienso en Málaga, en sus calles, a las que regresaré en unos días. Lo confieso: soy persona de dos amores urbanos. Pertenezco a dos ciudades, y al mismo tiempo a ninguna en particular; llevo algo de ambas en mí. En una nací, recibí la mejor educación y parte de mi familia permanece allí; en la otra fui acogido con los brazos abiertos, crecí como persona y construí la otra parte de la familia. Dos etapas igualmente valiosas, conectadas en mi memoria a una multitud de lugares creados por la arquitectura: una calle, un edificio, una plaza, un parque, una casa, un colegio… Seguro que a ti te pasa lo mismo.
Estadísticamente, hay muchas posibilidades de que tú seas de Málaga. De pequeñ@ habrás vivido en la Trinidad, el Perchel, la Victoria, Lagunillas, Huelin o en alguna otra calle del centro. Recuerdas con todo detalle la casa de tu abuela, que quizás vivía en la calle Zamorano, o la de tus padres en la calle Huerto del Conde, asociadas a momentos que conservas como auténticos tesoros. Son fragmentos de vida íntimamente ligados a elementos arquitectónicos que, aunque anodinos para muchos, resultan profundamente emocionantes para ti. La arquitectura es la partitura sobre la que se escribe la melodía de tu ciudad, y tú eres el solista que interpreta sus vivencias. Es algo que solo tus ojos pueden ver y tu corazón sentir. Esa es, quizás, la pequeña parte de magia que aún encierra mi profesión.

Las calles de Málaga vieron crecer, entre otros, a Manuel Alcántara, Félix Revello de Toro, Victoria Kent, Guerrero Strachan, María Zambrano, Antonio Banderas, Eugenio Chicano y a la personalidad más creativa del siglo XX: Pablo Picasso. También supieron hospedar e inspirar a forasteros ilustres, como Gerald Brenan, Ian Gibson o el suizo Teodoro Reding. Hoy la lista sigue creciendo: Carlos Álvarez, Pablo Alborán, Delaossa, Javier Calleja, … Y quien observa con atención su entorno más cercano, descubre talento menos mediático, pero igualmente creativo y merecedor de reconocimiento.

Málaga, una andaluza que cautiva con una sola mirada, llegó a mi vida durante aquellas vacaciones de verano junto a mis padres. Pero fue a partir de 1997 cuando realmente me enamoré de ella. La vida me trasladó del lago Lemán a la orilla del Mediterráneo. Desde entonces somos inseparables. Descubrí una ciudad bañada por una luz única: atractiva, creativa, expresiva y acogedora. La convivencia diaria me permitió conocer su mejor cara —Alcazabilla, Císter, Larios, la plaza del Obispo, la plaza del Carbón, calle Granada— y también reconocer sus imperfecciones, aunque intente disimularlas: la Palma-Palmilla, los Asperones o La Corta.
Málaga se me acercó con la delicadeza con la que se teje una amistad de corazón: sin aspavientos, a base de constancia y complicidad silenciosa. Primero fueron largas conversaciones por el paseo marítimo de Pedregalejo, que solían acabarse con una copa en los Baños del Carmen, cruzando miradas al compás de un rojizo crepúsculo que las olas y el tiempo parecían detener. En el camino de vuelta sorteábamos las terrazas espontaneas plantadas en las aceras de las casas matas, animadas por la fresca tregua de una noche de verano
Después llegaron las revelaciones desde el monte Gibralfaro, donde contemplé su inconfundible perfil y entendí que Málaga requiere altura para ser comprendida. Más adelante, quiso citarme frente a La Equitativa, en la plaza de la Marina, elegante y segura de sí misma, para pasearnos hasta La Farola, envueltos por esa luz mediterránea que le es propia y tan adictiva.

Instalarme en Málaga nunca figuró en mis planes de adolescente. Yo creía estar de paso, como quien estira una despedida pronunciando aquella frase tan española —me voy a ir yendo— y acaba quedándose, sin saber que algunas ciudades, como ciertas personas, no piden permiso para entrar en tu vida: simplemente lo hacen.
Con el tiempo, Málaga me concedió las llaves de su intimidad cotidiana: la Alameda Principal y su bóveda arbustiva, bajo la que aprendí a caminar sin prisa. Descubrí una fachada de Guerrero Strachan, que hasta entonces desconocía, pero que empezó a llamarme la atención; y la iglesia de Stella Maris, de José María García de Paredes, demostrándome que la sobriedad y lo austero pueden llegar a ser extraordinarios. Me mostró su calle Larios, donde siempre se arregla para salir, aunque no lo necesite. La plaza de la Merced, constantemente dispuesta a conversar, ya sea desde una de sus terrazas o con Picasso sentado en un banco. Y el Teatro Romano, donde me confesó, entre risas, que tiene muchos más años de los que aparenta.
Así, casi sin darme cuenta, Málaga dejó de ser mi lugar de vacaciones familiares para convertirse en algo más que una amiga y hacerse un hueco en mi vida: luminosa, imperfecta y divertida. Con el tiempo encontró la manera exacta de hacerme sentir en casa.
Mi historia, sin embargo, no iba a ser la de una sola ciudad.
Mientras Málaga me seducía para quedarme, otra me esperaba para recordarme de dónde vengo.
Acostumbrada a tratar con el mundo entero, suele mantener cierta distancia. En un primer momento puede parecer fría, casi inaccesible. Pero quien se conforme con esa primera impresión nunca llegará a conocer una ciudad que solo se entrega a quienes saben ser pacientes. Con el tiempo, Ginebra revela una generosidad discreta y una notable capacidad para reconocer el talento de quienes forman parte de su comunidad, como demuestra el recorrido de Alfonso Gómez, actual alcalde de la ciudad e hijo de emigrantes españoles.

Con el tiempo, revela su esencia: es abierta a todas las nacionalidades, aunque en sus calles se hable solo francés, modesta, discreta, más inclinada a escuchar que a exhibirse. Ha sido escenario de innumerables negociaciones y hoy acoge a cerca de cuarenta organizaciones internacionales y más de cuatrocientas ONG, lo que la convierte en un centro global de diplomacia, gobernanza y cooperación internacional. Nada en ella es ostentoso ni espectacular: todo obedece a una sobriedad calvinista, contenida y funcional. No busca ser protagonista, pero si te acercas con paciencia descubrirás una ciudad abierta, dispuesta a compartir el legado de sus huéspedes ilustres: Jean Calvin, Jean Jacques Rousseau, Henry Dunant, Jorge Luis Borges, Mary Shelley, Alberto Giacometti, o más recientemente Joël Dicker, Sylvie Fleury y Mai-Thu Perret. Es una ciudad que, una vez ganada su confianza, desvela lo mejor de su carácter.
Conviene acercarse a ella desde la place Neuve y levantar la vista para descubrir cómo su casco histórico domina la ciudad con discreción. La ascensión por la Rampe de la Treille regala vistas sobre el parc des Bastions y el edificio más antiguo de la Universidad, hoy sede de la Facultad de Letras.
A dos pasos se encuentra el Hôtel de Ville (el ayuntamiento), cuyos muros, levantados entre los siiglos XV y XVIII, atestiguan que aquí la política siempre se ha ejercido sin estridencias. A partir de ahí basta con dejarse llevar por la rue des Granges, la Grand-Rue o la rue Jean-Calvin hasta emerger ante la catedral de Saint-Pierre. La ruta prosigue por la place de la Taconnerie y la rue de l’Hôtel-de-Ville, con una parada imprescindible en La Clémence, en la place du Bourg-de-Four, donde estudiantes (y no estudiantes) se reúnen en las terrazas para conversar y tomar algo.
Desde allí el camino desciende por la rue de la Fontaine, pasa frente a la place de la Madeleine, cruza la comercial rue de la Croix-d’Or y la lujosa rue du Rhône, hasta confluir con el Jardin Anglais, bordeado por la pareja inseparable de la ciudad: el lago Lemán, que los ginebrinos llamamos, con cierto orgullo, el lago de Ginebra, para disgusto de las demás ciudades que se asoman a sus orillas. Aquí el lago se estrecha, abrazado por la ciudad, hasta que el Ródano se abre paso para saludar a los ocho puentes ginebrinos. Es la Rade, el escenario donde emerge el gran símbolo de Ginebra, que juega constantemente con la brisa y la luz: el Jet d’eau (el Chorro de agua). La firma inconfundible de una ciudad que no necesita artificios para brillar con luz propia.

El lago es el auténtico termómetro anímico de la ciudad. Gélido y plomizo en invierno, con la llegada del verano devuelve a Ginebra un inesperado aire mediterráneo: veleros, playas, baños públicos, terrazas y largos paseos junto al agua acompañan esos días tan luminosos —casi malagueños— que, por su escasez, los ginebrinos saborean de una manera muy especial.
Volver a Ginebra por Navidad no es repetir: es descubrir cuánto ha cambiado todo sin que nada esencial haya desaparecido. No todo tiene una explicación. A pesar del tiempo y la distancia, el vínculo emocional se resiste a ceder. Prueba de ello es que escribo estas reflexiones a las dos de la madrugada, en la habitación de mi infancia, en la casa de mis padres. Aprovechar mis persistentes problemas de sueño para escribir me suele resultar productivo. Caminamos rodeados de arquitectura y de personas que cobran vida al recordarlas, y el recuerdo nace siempre de una emoción compartida que lo alimenta y lo mantiene vivo.
Misteriosamente, el reencuentro con un lugar, o con una persona, actúa como aquella magdalena de Proust: nos transporta de inmediato y nos restituye, íntegro, el instante que la memoria había guardado a buen recaudo. En eso se parecen los seres humanos y la arquitectura: ambos son, en esencia, receptáculos de emociones.
Es evidente que soy amante de dos ciudades. Aunque en esta etapa de mi vida pase más tiempo junto a Málaga, soy incapaz de dejar de ver a Ginebra. Siempre echo de menos a la otra. Málaga lo sabe desde siempre; Ginebra es consciente de la situación. No se conocen en persona, pero saben de su mutua existencia y me comparten. Entienden que las necesito.
Cuando regrese a Málaga, solo me quedará repasar estas líneas que nacieron en Ginebra… a ver cómo me quedan.
Autor: José García Ruiz – Arquitecto
Socio / Dirección Técnica de Ejecución y Obra en Asenjo + Asociados.
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