Ya ha pasado más de un mes desde que anuncié mi salida de Asenjo y Asociados. Fue el 15 de julio.
Pocos días después lo hice público y dejé caer que, más adelante, hablaría del equipo, sin saber muy bien cuándo ni cómo.
Ahora, con un poco más de calma, ha llegado el momento.
El 7 de agosto fue mi último día, pero ¿cómo se pone fin a una historia?
Es curioso. A menudo vivimos determinados momentos por última vez sin saber que lo son. Solo años después, al mirar hacia atrás, nos damos cuenta de ello.
La última vez que cogí en brazos a mi hijo. La última vez que intenté dormir a mi hija dándole la mano, esa que ella apretujaba y no soltaba hasta que se le cerraban los ojos. La última vez que abracé a mi abuela…
Instantes preciosos que, traicionados por el paso del tiempo, desaparecieron de mi vida sin previo aviso.
Pero hay otros momentos a los que uno decide poner fin voluntariamente. Por múltiples razones, seguramente, aunque muchas de ellas tengan un denominador común: intentar sentirse mejor, reconciliarse con uno mismo y buscar ser un poco más feliz.
¿Existe algún método probado y reconocido para cerrar adecuadamente una etapa?
No lo creo. Depende de las circunstancias, de las personas y de los ánimos.
Así que lo haré a mi manera… sencillamente dando las gracias por los momentos compartidos y por todo lo aprendido.
La arquitectura es un “deporte” de equipo. Aunque los proyectos lleven una sola firma, detrás de ella hay muchos compañeros, cada uno con su historia y sus problemas. Personas sin las que nada saldría adelante.
Debo empezar, ante todo, por agradecer a todos los socios del estudio su profesionalidad y colaboración durante estos años, pero quiero destacar especialmente a mi círculo más estrecho: Mario, Luis y Quintana.
Amigos-compañeros con los que he compartido los más y los menos de muchos proyectos y también de nuestras vidas, además de unos cuantos cafés en el bar La Malagueta intentando arreglar el mundo. Con ellos tres he crecido profesionalmente, compartiendo opiniones y preocupaciones, tomando decisiones y, por supuesto, aprendiendo de nuestros errores.
Un grupo de cuatro, siempre con el foco puesto en ajustar y simplificar los proyectos de ejecución y las obras, ya de por sí complejas.
Fue el mejor de los másteres. No tiene precio.
A ellos tres se suma otro grupo de gente igual de importante para mí: quienes me han enseñado a mejorar como persona. Es lo más valioso que me llevo después de todos estos años.
Una familia diversa, con inquietudes y personalidades distintas, que me mostró a diario cómo se trabaja en equipo. Nadie por encima del otro. Sin rivalidades ni afán de protagonismo. La confianza mutua nos permitió realizar grandes trabajos, aunque lo mejor siempre fueron las personas con las que los compartí:
Mariló
La amabilidad y la competencia hechas persona. Mi brújula en los laberintos administrativos.
Enrique
Su pasión y don de la ubicuidad le permiten estar metido en mil proyectos a la vez. Aún no he averiguado cómo lo hace.
Ricardo
Atento a que todo funcione. Siempre dispuesto a solucionar nuestros pequeños —y no tan pequeños— problemas informáticos.
Rodrigo
El más nómada y más enrollao de los infógrafos.
José Antonio
La fuerza tranquila de la infografía.
Laura
Nunca olvidaré el día que me anunció que iba a ser mamá.
Catherine
La cara siempre sonriente del planeamiento. Y la más competitiva del equipo. Soy fan.
Rosario
Junto con Laura, una de las personas a las que más he visto crecer profesionalmente. Ese equipo de arquitectas de ejecución fue mi referencia.
Dani
El delineante total. BIM, CAD, mediciones, no se le escapa una. Aunque lo mejor es ver cómo se le ilumina la cara cuando le pregunto por su hijo.
y Silvia
Mi actriz-arquitecta favorita desde aquel preestreno de noviembre pasado, al que llegué volando, casi de un soplo… Tampoco lo olvidaré.
Junto con otros compañeros que pasaron por el estudio, desarrollamos muchos proyectos, siempre con la satisfacción del trabajo bien hecho. Edificios y proyectos de urbanización que monopolizaron nuestra atención durante semanas, meses y, en algunos casos, años, mientras nosotros íbamos creciendo como equipo.
El Palacio de Ferias, Centro Logístico de LIDL, Sky Garden, Limonar Garden, Hacienda Homes, Serena Homes I y II, Velázquez 56, Azaleas del Rincón, R3, R4, R6 y R7 en Nueva Andalucía, Victoria I y II, Reserva del Limonar, Hotel de calle Calderería y los edificios del PTA en la ampliación de la UMA… La lista es interminable.
Y proyectos de urbanización como la ampliación de la UMA, Guadaiza, la antigua Flex, La Platera, Zocueca, Ensanche Este o Marbería.
Espero que, de una manera u otra, estas palabras lleguen a todos los compañeros que he mencionado.
Así que quiero aprovechar para hablarte a ti en particular.
Afortunadamente, me “engañaste”.
Presencié tus primeros días en el estudio pensando que simplemente eras alguien nuevo en el equipo. Una persona más.
Y ocurrió lo imprevisto.
No sé cuándo sucedió. Tampoco sabría explicar cómo.
Pero, en algún momento entre planos, entregas, reuniones, dudas, risas y días aparentemente rutinarios, conseguiste tejer un lazo entre nosotros.
Uno de esos que permanecen.
Pase lo que pase.
Y ahora, después de tantos años con la mente centrada en proyectos, informes, plazos y tramitaciones, me has hecho entender algo básico que no veía: lo importante no es el camino, ni el destino… es tu compañía.
Ha llegado el momento de despedirme de ti. Lo hago robándole a John Lennon una frase que me permito adaptar:
La vida es lo que ocurre mientras estás ocupado haciendo planos para otros.
Nos vemos 😉
Autor: José García Ruiz – Arquitecto
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