Yo sé muy bien lo que soy.
Dicen que el fuego es mi enemigo,
que no me llevo bien con la humedad,
y que soy un material vivo.
Pero… ¿y tú?
¿Sabes tú quién soy?
¿No?
Pues que sepas
que llegué antes que tú.
Que cuando nada de esto existía,
mis raíces, viejas y profundas,
ya abrazaban la tierra como se abraza a quien importa.
He construido antes que cualquier otro material.
Antes que el frio y duro acero.
O que el pesado y pétreo hormigón.
Antes de todo lo que hoy parece eterno.
Antes incluso de que alguien soñara con levantar ciudades.
Fui el primer techo que el hombre levantó.
Fui herramienta y el combustible que dio calor.
Un calor que fue el corazón de muchos hogares.
Hogares que, sin mí, no lo hubieran sido.
Soy bastante más viejo que tú.
En un mundo que corre sin pausa,
yo crecí despacio, sin prisa,
año tras año,
dibujando, en silencio,
cada uno de mis anillos.
Círculos concéntricos que cuentan
lo que el tiempo no puede decir,
lo que pasa…
y lo que se queda.
Tiempo que se ve,
que se toca.
Historia que se lee
y no se borra.
Tiempo atrapado,
guardado,
en cada surco de mi piel.
Porque soy
el tiempo hecho materia.
Soy orgánico y sensible,
como tú.
Estoy vivo
y soy templado,
en todos los sentidos.
No solo me ves. Me respiras.
Mi perfume permanece.
El bosque después de la lluvia.
El serrín y las virutas del corte reciente.
La mesa, el mueble, el cajón que acabas de abrir.
Es lo cotidiano que perdura.
Mi fragancia es mi firma.
Se reconoce y se recuerda.
Me tocas.
Mi textura se recorre
con la yema de los dedos.
No hay dos iguales como yo.
Me escuchas.
Crujo cuando el aire cambia,
y también bajo tus pasos,
cuando subes mis escaleras
o recorres un suelo mío.
Me dilato cuando aprieta el sol.
Me contraigo cuando llega el frío.
Desafío la gravedad
De forma natural,
vertical,
casi sin esfuerzo.
Soy fibra.
Soy veta.
La celulosa es mi músculo,
mi fuerza,
lo que me da altura,
volumen y presencia.
El viento me pone a prueba.
Y aunque a veces parezca rígido,
quien me conoce sabe
Que sé doblarme sin romperme,
ceder sin perderme.
La lignina es mi esqueleto.
Me sostiene,
me mantiene en pie frente a las adversidades y las críticas.
La savia que me recorre de abajo arriba,
es lluvia que aprendió a subir.
Asciende por mi tronco,
busca mis ramas,
hasta alcanzar cada una de mis hojas.
La capilaridad es mi secreto.
La clorofila mi color.
Ese verde irresistible con el que atrapo el sol
convirtiéndolo en materia.
Siempre recuerdo algo que dijo
Alberto Campo Baeza:
“la luz
es a la arquitectura
lo que el aire
es a la música.”
Yo la absorbo.
Y con ella compongo
catedrales vegetales
esbeltas, silenciosas,
llenas de sombra y cobijo.
Lugares donde la vida ocurre
sin pedir permiso a nadie.
Y que, más tarde,
los arquitectos desmontan
para volver a construir.
También respiro.
Cómo tú.
El carbono que produces,
ese que no quieres ver,
yo lo capturo,
lo almaceno,
lo transformo.
Lo convierto en estructura,
en materia con memoria,
en forma con textura.
Soy un constructor autodidacta.
El primero.
Llevo siglos trabajando,
sin grúas
sin excavadoras,
sin hacer ruido,
sin pedir permiso.
Soy imperfecto.
Tengo nudos.
Me quiebro.
Me muevo.
Me adapto.
Inspiro.
Espiro.
Estoy vivo.
Y eso…se nota.
Quizá por eso
desconfías de mí.
Dudas.
Porque dicen que soy débil.
Que ardo.
Y, sin embargo…
Trabajo.
Resisto.
Acompaño.
Y cuando el fuego llega,
no desaparezco como el acero.
Me transformo
Me protejo.
Gano tiempo para no rendirme de golpe.
Hay arquitectos
que saben entenderme,
y me trabajan
como lo haría un artesano.
Shigeru Ban
Me ensambla con precisión,
respetando la tradición japonesa
en el Tamedia Office Building de Zurich.
Kengo Kuma
Me descompone en luz,
entrelazando mis listones sin clavos ni pegamento.
En el Prostho Museum Research Center
me vuelvo etéreo para dejarla pasar.
Francis Keré
me devuelve a lo esencial:
fui árbol,
fui sombra,
fui lluvia compartida.
En el Serpentine Pavilion de 2017,
era el lugar
del que nadie quería irse.
Micheal Green
Me proyecta hacia el futuro.
Construye mejor.
Más rápido.
Con menos impacto.
Con él dejo los papeles secundarios.
Dejo de ser un simple refugio de montaña.
Soy oficina,
escuela,
torre,
ciudad.
Ellos saben dirigir mi puesta en escena.
Me llaman estructura.
Me calculan.
Me dimensionan.
Me ensamblan.
Plano a plano,
me convierten en capas cruzadas,
en precisión industrial.
Y me rebautizan
con un nombre más arquitectónico,
más comercial,
más internacional: CLT
Habrás notado que ninguno es español.
Porque, hasta hace poco,
aquí en Málaga
y en otros lugares de la península
me miraban con dudas.
Con prejuicios.
Decían que no encajaba.
Que no estaba hecho para este clima.
¡Otro guiri más!
Pero poco a poco,
voy encontrando mi sitio.
En una fachada.
En un interior.
En una estructura…de tu ciudad.
En proyectos como The Zity,
en Distrito Z.
O en Oceanika,
en Torremolinos.
He decidido quedarme en Málaga.
Es solo el principio.
No pienso detenerme.
Y cuando lo conocido falla,
Cuando las soluciones se agotan,
Cuando el agua insiste en su empeño,
vuelves a mí.
Como ahora,
con la nueva cubierta de la
Catedral de Málaga:
dos aguas,
vigas de madera,
una respuesta clara y sencilla
para proteger lo que de verdad importa.
Porque a veces,
lo más avanzado,
lo más eficiente y preciso,
no es lo nuevo.
Solo hay que mirar atrás
y entender
lo esencial.
Así que te lo vuelvo a preguntar:
¿Tú sabes quién soy?
Autor: José García Ruiz – Arquitecto
Socio / Dirección Técnica de Ejecución y Obra en Asenjo + Asociados.
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