Como ocurre con algunas personas, existen viviendas con un aura, un detalle o un rasgo que las hace únicas y atractivas para la gran mayoría. Es algo que notas de inmediato, pero que resulta difícil explicar con palabras.
No me refiero a los metros cuadrados ni a los acabados, ni siquiera a la distribución. Hablo de aquellas casas desde las que uno no se cansa de mirar y que llaman la atención incluso antes de visitarlas.
Es lo que les sucede a las viviendas con vistas al mar.
Se llaman Octavia, Térmica Beach, TorreMare o Málaga Towers. Se levantan en nuestro frente costero, miran fijamente al sur y han situado a Málaga en el mapa de compradores de medio mundo, quizá más de lo que nos gustaría. Su carisma urbano y su capacidad de seducción no dejan a nadie indiferente.
El sector inmobiliario lo sabe y lo utiliza como elemento diferenciador. Las vistas al mar son un bien intangible que la naturaleza nos regala y que alcanza un valor extraordinario en un mundo donde casi todo tiene precio. Y, aun así, resulta difícil explicar por qué seguimos sintiéndonos atraídos por algo tan simple como asomarnos a una terraza y ver una extensión de agua hasta el horizonte.
Quizá porque el mar es todo menos superficial. Es tan profundo como sincero. Es el mar en sí, y cada uno de los recuerdos que tenemos ligados a él.
No la “compramos” únicamente por el paisaje. La deseamos, sobre todo, por lo que despierta. Porque una vivienda con vistas al mar posee un valor añadido emocional, ligado a algo casi biográfico, que no siempre obedece a razones. Algo imposible de dibujar en un plano, de justificar en una memoria de calidades o de desglosar en una tasación. Y, sin embargo, está ahí: invisible, pero evidente.
Nos gusta recrearnos en ese límite entre mar y tierra. En el paseo marítimo. En la frontera donde termina la ciudad y empieza el agua. Hay algo mágico en el horizonte marino: una presencia que atrae, un pequeño placer alimentado por las endorfinas que produce la cercanía del gran azul.
Porque casi todos guardamos trocitos de vida junto al mar.
Algunos recuerdos de infancia han nacido ahí. En los días de playa embadurnados de crema solar blanquecina aplicada con todo el cariño de quien más te quiere. En las batallas de arena con los primos que acaban siempre con el daño colateral a un bañista inocente. En los precarios castillos construidos con demasiado optimismo cerquita de la orilla. En la sensación incómoda pero divertida de quedar enterrado mientras tu hermano prometía entre carcajadas no desenterrarte nunca.
Más tarde llega la adolescencia, cuando el mar cambia con nosotros y con todo lo que nos rodea. Aparecen las quemaduras de sol por ignorar aquella crema protectora materna que, con los años, adquiere todo el sentido. Los prolongados tardeos que nos gustaría poder revivir. El olor del espeto y los calamaritos fritos del chiringuito con suelo de arena. Jugando a las cartas con la pandilla al completo tumbada en sus toallas, mientras el sol se despide lentamente a las espaldas de Málaga. Las primeras noches de San Juan saltando la hoguera, bañándonos a medianoche y compartiendo algún beso con sabor a salitre. El mar deja entonces de ser solo un lugar de juegos para convertirse en escenario de libertad, deseo y verano infinito, con el tiempo detenido.
Y entre una etapa y otra permanece el mismo telón de fondo: el murmullo constante de las olas alcanzando la orilla para transformarse en espuma justo antes de desvanecerse en la arena.
El mar huele a yodo, crema solar y toalla húmeda. Sabe a sal, cerveza helada y pescado recién hecho. Son perfumes capaces de activar recuerdos de forma instantánea y difíciles de encontrar lejos de nuestra costa. Es la magdalena de Proust del Sur, que el autor francés habría validado sin dudarlo.

Pasear junto al mar produce una calma muy particular. Hay algo profundamente humano en deambular por el paseo marítimo con el agua a un lado y la ciudad al otro, mientras uno sigue ocupado en sus propias cosas: de camino a casa, pensando en qué ha ido bien o mal, en conversaciones pendientes, en problemas que, durante unos minutos, parecen ordenarse solos frente al horizonte.
Porque el horizonte marino tiene algo hipnótico. El mar nunca es el mismo —como nosotros, voluble con altibajos— y, sin embargo, siempre es reconocible. Cambia de color, intensidad, humor. Tiene días grises y otros luminosos. Mares completamente quietos y otros llenos de espuma, resaca y viento. Por eso uno nunca termina de cansarse de mirarlo.
El mar acaba formando parte de nuestros rituales personales y colectivos: esperar el verano, ir a la playa el primer día de calor, la moraga, el paseo nocturno después de cenar, el baño rápido al atardecer. Pequeñas costumbres, aparentemente anodinas, repetidas miles de veces, que terminan construyendo una memoria común.

Tal vez por eso aparece constantemente en el arte, porque despierta nuestra creatividad. Lo vemos en las pinturas luminosas de Joaquín Sorolla, donde la playa parece un recuerdo feliz detenido en el tiempo. En canciones que funcionan como depósitos de memoria emocional:
…Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa / Escondido tras las cañas duerme mi primer amor / Llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya / Y amontonao en tu arena / Tengo amor, juegos y penas, yo…
Ahora entiendo por qué el español inventó la palabra “la mar”. Una genialidad lingüística única: la versión más íntima y sensible del mar, la femenina, la que aparece en los textos que consiguen emocionarnos, hacernos soñar. Un sencillo cambio de género para hablar no del paisaje, sino del vínculo.
Porque el mar es probablemente el paisaje más compartido que existe. Casi todos tenemos recuerdos ligados a él. Hemos ido de niños. Hemos paseado junto al agua después de un mal día. Lo hemos asociado a la libertad, las vacaciones, el descanso, la familia, la adolescencia o el deseo. Es el teatro de nuestra vida en un escenario siempre cambiante.
Por eso una vivienda con vistas al mar no vende únicamente vistas. Vende promesas, memoria, calma e identidad. En el fondo, vende lo mismo que tiene la gente que nos importa: ese algo difícil de definir que lo cambia todo.
Autor: José García Ruiz – Arquitecto
Socio / Dirección Técnica de Ejecución y Obra en Asenjo + Asociados.
Esperamos que os haya sido útil el artículo “Con vistas al mar“. Recuerda inscribirte en nuestra newsletter para estar informado de todas las novedades de Obra Nueva en Málaga y noticias relacionadas con el mundo inmobiliario. Quiero inscribirme ahora.
Igualmente síguenos en Facebook e Instagram para tener información diaria sobre las Promociones en comercialización y noticias de interés.
Únase al debate