Las sillas en la acera

Las sillas en la acera - obranuevaenmalaga
  • Oye, Paqui, ¿te has enterao de lo del nieto de la Mari?
  • ¿Qué ha pasao? Ese es el que se fue a estudiar a Suiza, ¿no?
  • Sí.
  • ¿Y qué?
  • Pues que ha vuelto para pasar el verano por aquí. Resulta que el otro día fui a casa de Mari para darle un recao y me lo encontré hablando con su abuela… No lo reconocí. El niño ha pegao un buen estirón.
  • A ver, Pepa, el niño está a punto de cumplir veinte años. Es normal que no lo hayas reconocío.
  • A veces se me olvida que el tiempo pasa para todo el mundo, no solo para nosotras.
  • A mí me pasó lo mismo con la hija de la Toñi, la que se fue a vivir a Madrid y se casa el año que viene con un chico de El Palo que conoció allí.
  • Ah, ¿sí?
  • Sí. ¿La Toñi no te ha invitao a la boda?
  • No
  • Bueeeeno, Pepa, no pongas esa carita. Se le habrá olvidao, ¿verdad, Conchi?

Mientras se abanica, le guiña un ojo.

  • Sí, seguro que dentro de unos días te lo dice.

Durante unos largos segundos, un incómodo silencio se instala entre ellas, acompañado únicamente por el chasquido de las pipas de Pepa, hasta que Paqui se lanza:

  • Oye, esta noche qué bien se está a la fresca, ¿no?
  • Ya ves, Paqui. Por cierto, hablando del Césa… ¡Ahí viene la Toñi con su silla!

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Esta charla, que acabo de inventarme, pero que bien podría ser el fragmento de un improbable guion escenificado en una acera andaluza al caer la noche, nació espontáneamente al encontrarme con unas vecinas reunidas en una calle de Pedregalejo mientras volvíamos de cenar.

La noche empezaba a caer y las altas temperaturas concedían un agradable respiro que algunas aprovechaban de la manera más sencilla: equipadas con una silla, un abanico y un paquete de pipas.

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Sonreí al recordar las noticias que se hacían eco de una enésima ola de calor en Europa, mostrando a habitantes desquiciados, mientras me daba cuenta de que aquí, en Andalucía, llevamos mucho tiempo adaptándonos a los calores veraniegos: las persianas bajadas durante el día, la arquitectura blanca, el botijo, el gazpacho, la cena a partir de las diez…

Objetos, costumbres, conocimientos, lugares compartidos. Al fin y al cabo, una arquitectura cotidiana de supervivencia que no renuncia a la calidad de vida ni a la conversación. Un patrimonio que hacemos nuestro sin apenas darnos cuenta, pero que, paradójicamente, está desapareciendo bajo el manto de la modernidad. Hemos avanzado tanto que muchas cosas se nos han quedado atrás.

Soy de esos arquitectos que, a pesar de las infidelidades de la profesión, siguen viendo arquitectura por todas partes y soñando con ella todas las noches. Un romántico frustrado que ha comprendido que lo hermoso es hacer tuyo un lugar porque te cuenta algo que logra que te sientas parte de él.

Todos tenemos un lugar que recordamos con cariño porque forma parte esencial de nuestra propia historia, esa que no aparece escrita en ningún libro, pero que conocemos de memoria y nos emociona.

En mi caso, todo confluye en torno a una residencia de estudiantes donde mi abuela trabajaba como cocinera. El Foyer John Knox, en Ginebra, acogía a estudiantes norteamericanos que habían elegido esta ciudad suiza para ampliar su formación.

El edificio, de una sola planta, ocupaba una amplia propiedad rodeada de jardines y pistas de baloncesto y tenis. Adosada al complejo estaba la casa de mi abuela. Allí trabajaba y vivía.

En aquel lugar pasé parte de mi infancia, correteando por los pasillos entre veinteañeros que hablaban en otros idiomas, después de haber almorzado algún plato andaluz con mis abuelos. Ahora que lo pienso, el edificio tenía cierta calidad arquitectónica: desniveles, altos techos inclinados de madera vista, una relación muy directa con el paisaje, quiebros y recovecos que hacían las delicias de aquel niño.

Muchos estudiantes repetían su estancia durante dos o tres años y acababan convirtiéndose en rostros conocidos. Recordaban a mi abuela con cariño.

Las sillas en la acera - obranuevaenmalaga

Nunca olvidaré las comidas que preparaba en aquella casa con cocina abierta y cubierta a un agua. Pero recuerdo aún más las reuniones familiares que mis abuelos organizaban los fines de semana en el enorme jardín. Unas mesas, unas sillas y una paella bastaban para compartir la tarde con mis padres, mis tíos y nuestros amigos, a la sombra de un imponente árbol llorón de edad desconocida.

Al escribir estas líneas, caigo en la cuenta de que probablemente mi abuela buscaba recrear en aquellos momentos las sensaciones de su juventud: su calle, Callejones del Perchel, la iglesia del Carmen, los vecinos, los corralones… Las sillas plantadas en la acera, las conversaciones, la convivencia.

Lejos de su Málaga, en una ciudad muy distinta a la de su infancia, intentaba volver a saborear todo aquello y transmitírnoslo. Yo era muy pequeño y estaba demasiado centrado en divertirme, aunque ya intuía que eran momentos especiales, fuera de lo normal. Desgraciadamente, nunca llegué a hablarlo con ella.

El Foyer sigue en pie y funcionando. Cada vez que voy a Ginebra intento pasar a verlo, al menos una vez. Suelo hacerlo desde el coche. Allí está su casa. Y, de alguna manera, seguimos estando todos nosotros en el jardín.

Nunca me he detenido ni, por supuesto, he entrado en la propiedad. Tal vez porque quiero conservar todo aquello intacto en mi memoria o, quizá, por miedo a llevarme una decepción.

Ahora comprendo que todo está conectado: Paqui, Mari y la Conchi de Pedregalejo; el caló, la sabiduría andaluza y mi abuela. Sin olvidar la arquitectura vivida. Siempre presente.

He necesitado unos cuantos años para entender por qué aquí seguimos sacando las sillas a la acera y por qué combatir las altas temperaturas es, en el fondo, solo una pequeña parte de la historia.

Nunca es tarde.

 

José García Ruiz - obranuevaenmalagaAutor: José García Ruiz – Arquitecto

Socio / Dirección Técnica de Ejecución y Obra en Asenjo + Asociados.

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