Hace unos meses escribí, viendo cómo algunas personas cambian a peor con el paso del tiempo, que esperaba escapar de lo que parece inevitable: convertirse en alguien que está de vuelta de todo, con la mirada cansada, agarrado a su andador mientras se pasea de obra en obra, protegiéndose del sol de Málaga con una gorra roja y unas siglas ATEM bordadas en blanco: «Antes Todo Era Mejor».
Te cuento esto porque empiezo a preocuparme. No porque ya haya empezado a recorrer obras con las manos detrás de la espalda, sino porque parece que el karma me ha alcanzado. Quizás esté más cerca de ponerme aquella gorra de lo que yo pensaba.
No bajo mucho al Centro, por eso las pocas veces que recorro sus calles me sorprendo observando y apuntando mentalmente lo que ha cambiado, lo que había antes…
¿Este comercio es nuevo, no? ¿Qué había aquí?
Estoy seguro de que era una mercería.
¿Y el bar?
¿Y la tienda de zapatos?
Entonces me doy cuenta de que han cerrado. Han desaparecido físicamente de mi paisaje urbano para pasar a formar parte del pasado, junto a tantos otros.

Es algo que me suele ocurrir cada vez más, a pesar de que progresivamente quedan menos negocios que, con los años, había ido asociando inconscientemente con Málaga. La ciudad está cambiando tan rápido que me cuesta reconocerla. No consigo seguir su ritmo.
Hace unas semanas volví a sentirlo al pasar delante del Museo Picasso y comprobar in situ una noticia que había leído en Diario SUR: la Tetería de San Agustín estaba en obras y ya se podía leer en la fachada «Carrefour City»… su nuevo nombre, con un apellido más internacional. Tras 32 años, este negocio que acogió en 2002 al Picasso como un nuevo vecino más se despide de la calle San Agustín para ceder el paso a un supermercado.
El cambio resulta bastante ilustrativo de la deriva que está tomando la ciudad. Un Centro cada vez más enfocado hacia el turismo donde muchos malagueños empezamos a sentirnos algo desorientados.
Porque la Tetería de San Agustín no es el primer ni será el último trozo de identidad que se esfuma. Café Central, Zaldi Hogar, Calzados Hinojosa, La Cosmopolita, Joyería Montañés, Confitería Aparicio…
Algunos cerraron por jubilación sin relevo generacional. En otros casos influyeron la subida de los alquileres, la caída de las ventas o los cambios en nuestra forma de consumir.
Distintas historias para certificar el cierre. Distintas maneras de irse de un lugar que se ha vuelto inhóspito para determinados negocios.
Mientras, llegan otros para que el «Centro Comercial Málaga» siga mejorando sus ratios de explotación.
Basta pasearse por calle Larios, calle Nueva, calle Granada o la plaza de la Constitución para comprobarlo.

Franquicias, marcas internacionales, restaurantes, hoteles, supermercados, lockers… Todo está pensado para el turista y cristalizado alrededor de los apartamentos turísticos tras haber ido expulsando al residente malagueño.
No tengo nada contra ellos. De hecho, acabo entrando en muchos y comprando en algunos. Incluso he llegado a agradecer encontrar determinados establecimientos cuando viajo… y eso no es buena señal.
Porque cada vez tengo más la sensación de haberlos visto antes.
¿En Madrid?
¿En París?
¿En Ginebra?
Veo la misma tienda de ropa. La misma hamburguesería. El mismo pub irlandés. La misma cadena de cafeterías.
Es entonces cuando me acuerdo de aquella gorra roja.
¿Estaré idealizando el pasado?
Espero que no.
El Centro de Málaga de hace treinta años, cuando acababa de llegar de Ginebra, tampoco era ese lugar maravilloso que podemos estar tentados reconstruir con nuestros recuerdos. Había edificios deteriorados, calles descuidadas y zonas por las que apenas paseábamos. Su recuperación y regeneración ha sido uno de los grandes cambios que ha vivido Málaga durante las últimas décadas.
Sin duda, la ciudad se ha abierto al mundo. Son muchos los que quieren visitarla. En aquel momento nos habría costado imaginar que Málaga llegaría a ocupar el lugar que hoy tiene entre los destinos urbanos europeos.
Pero con todo esto me pregunto:
¿Qué recordarán de Málaga quienes hoy viven aquí y tienen quince o veinte años?
Nuestros padres recuerdan comercios concretos. Algunos ya los conocían sus propios padres. Una tienda de tejidos, una zapatería, una cafetería, una mercería, un ultramarinos.
Nosotros también tenemos los nuestros.
Lugares aparentemente anodinos que acabaron entrando en nuestra memoria sin pedir permiso. Íbamos con nuestros padres. Quedábamos con los amigos. Comprábamos allí cualquier cosa. Pasábamos delante cada día.
Y un día, casi sin avisar, cerraron.
Entonces descubrimos que les teníamos cariño.
En Las sillas en la acera escribí sobre esos pequeños elementos que terminan formando parte de nuestro álbum de fotos personal sin que seamos totalmente conscientes de ello, hasta que los perdemos. Una silla, un abanico, un paquete de pipas y unas vecinas charlando al fresco podían contar mucho más de una calle andaluza que cualquier guía de viajes.
Con los comercios ocurre algo parecido.
Café Central era una cafetería. Pero también fue el lugar donde nació un pequeño diccionario malagueño, expuesto en un mosaico de azulejos que decoraba el local. Información imprescindible para pedir un café solo, largo, semilargo, mitad, corto, sombra o nube sin necesidad de explicar nada más. Un idioma cafetero que aprendí sobre la marcha, aunque no conste en mi currículum.
Los comercios también son cultura. Forman parte de la identidad de las ciudades y, cuando desaparecen, podemos llegar a perder algo más que un negocio que prestaba un servicio.
Calzados Hinojosa llevaba más de cien años vendiendo alpargatas en calle San Juan. Zaldi se dedicaba a los artículos para el hogar. Ninguno necesitó ser un monumento para formar parte de esa Málaga que los malagueños reconocemos como nuestra.
Quizás por eso me interesa tanto lo que está ocurriendo con el ADN de la ciudad.

Hace unos meses escribí también sobre la progresiva homogeneización de la arquitectura. Edificios diferentes que empiezan a parecerse demasiado entre sí. Fachadas impecables, ordenadas y cada vez más difíciles de situar en una ciudad concreta.
Ahora pienso que con los comercios puede estar ocurriendo algo parecido.
Siempre me ha fascinado comprobar cómo las ciudades suelen tener una personalidad única e inconfundible. El clima, la arquitectura, las costumbres, los horarios, los comercios y la manera de utilizar la calle construyen experiencias diferentes.
Eso es precisamente lo que me gusta cuando viajo.
Llegar a un lugar y notar que estoy en otro sitio.
Sin embargo, imaginemos a dos jóvenes de quince o veinte años. Uno vive en Málaga y otro en Ginebra.
Dentro de treinta años recordarán su juventud.
¿Dónde compraban ropa?
¿Dónde quedaban para comer?
¿En qué cafeterías pasaban la tarde?
¿Dónde salían a tomar algo por la noche?
Lo más probable es que unos cuantos lugares coincidan.
La misma tienda global de ropa. La misma hamburguesería americana. El mismo establecimiento de cosmética. El inevitable pub irlandés.
Y aunque los nombres sean diferentes, quizás los lugares se parezcan demasiado.
Un joven malagueño puede viajar hoy a Ginebra y reconocer muchos de esos lugares antes de entrar.
Y uno de Ginebra puede hacer exactamente lo mismo aquí.
Es cómodo.
Pero también un poco triste.
Viajar siempre ha consistido, al menos para mí, en descubrir cosas que no tengo en casa.
Resulta curioso que millones de personas vengan a Málaga buscando precisamente aquello que hace diferente a Málaga mientras nosotros vamos sustituyendo parte de esa diferencia por cosas que ellos ya tienen en sus ciudades.
Quizás estemos creando una especie de memoria urbana internacional.
Los mismos escaparates. Los mismos restaurantes. Los mismos bares. Los mismos recuerdos. Locales perfectamente diseñados que podrían estar en cualquier ciudad.
Mientras tanto, los negocios que pertenecían exclusivamente a un lugar van desapareciendo y, junto con ellos, sus vecinos.
Hemos cambiado los carritos de la compra diaria del mercado por el traqueteo de las maletas.
El crecimiento de los alojamientos turísticos está cambiando el Centro desde dentro. Un edificio puede conservar exactamente la misma fachada y ser completamente distinto.
Donde antes vivía una familia durante años, ahora pueden sucederse visitantes cada pocos días.
La diferencia apenas se aprecia desde la calle.
Pero, paradójicamente, cambia la vida de esa misma calle.
Quien vive en un barrio necesita determinados comercios y servicios. Compra el pan, arregla unos zapatos, busca una bombilla, necesita una farmacia, conoce al camarero y termina saludando al vecino.
Quien viene dos días necesita otras cosas.
Y si estos últimos son mayoría, los negocios se adaptan.
Siempre lo han hecho.
Lo que me preocupa es hasta dónde puede llegar ese proceso. Me temo que el final del camino sea un fondo de saco.
Porque podemos proteger la arquitectura de un edificio. Podemos restaurar una fachada, conservar sus balcones y recuperar cuidadosamente unos elementos de piedra exigidos por la Consejería de Cultura. Pero ¿de qué sirve si finalmente todo parece de cartón piedra?
¿Será porque pasamos por alto lo más importante?
Resulta mucho más difícil proteger las vidas que había detrás.
Mi madre nació en Callejones del Perchel. Cuando habla de su Málaga aparecen lugares, vecinos, comercios y costumbres. Muchos desaparecieron hace muchísimo tiempo.
Su Málaga tampoco es la mía.
Y la mía no será la de quienes hoy tienen veinte años.
Es normal.
Las ciudades cambian porque quienes vivimos en ellas también cambiamos. No busco una Málaga congelada en 1980, 1990 o 2000. Aún me falta para ponerme aquella gorra roja.
Pero sí me gustaría que Málaga siguiera siendo reconocible.
Que dentro de treinta años alguien pudiera recordar una tienda que solo existía aquí. Un bar imposible de encontrar en otro lugar. Una cafetería donde se hacía algo de una manera incomprensible para cualquiera que acabara de llegar.
Que un joven de Málaga y otro de Ginebra puedan sentarse algún día a recordar las ciudades en las que crecieron y descubrir que sus historias son diferentes.
Porque si acaban recordando las mismas tiendas, los mismos restaurantes y los mismos bares, quizás aquellas ciudades también terminaron pareciéndose demasiado.
La marca Málaga sigue existiendo, pero cada vez se diferencia menos de otras. Quizás porque se ha fijado demasiado en ellas y, en su afán por ser reconocida, ha ido dejando atrás parte de su gracia. Corremos el riesgo de que su identidad se vaya diluyendo hasta quedar únicamente en el recuerdo de unos pocos.
No se trata de idealizar el pasado ni de ponerse aquella gorra roja.
Se trata simplemente de reconocer que hemos perdido algunas cosas valiosas por el camino y que, al menos en esto, antes estábamos mejor.
Autor: José García Ruiz – Arquitecto
Socio / Dirección Técnica de Ejecución y Obra en Asenjo + Asociados.
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