El (verdadero) valor de la vivienda

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— Me parece que el yogur está caducado —dijo Clara—, mirando el envase con gesto dudoso.

— Pues no te lo comas.

— Ya, pero no es eso… —lo giró entre sus dedos— es que me ha hecho gracia. Hoy en día todo tiene fecha de caducidad. Y suele ser muy corta.

— ¿También las viviendas?

Clara esbozó una breve sonrisa.

— ¿En serio, José? ¿Quieres hablar del tema? Ojalá. Si caducaran, bajarían de precio.

Me senté frente a ella con el café todavía humeando. La conversación había empezado con un yogur, pero intuíamos hacia dónde iba.

— ¿Seguís buscando piso?

— Seguimos —contestó, suspirando—. Aunque ya no sé si buscar o rendirme.

Me miró con esa mezcla de ironía y cansancio que últimamente parecía llevar tatuada en la frente.

— El tuyo lo compraste siendo muy joven, ¿no?

— Sí.

— Lo “compré” en mayo de 2001 —dije—, haciendo el gesto de las comillas con los dedos.

— ¿Lo pones entre comillas?

— Sí, porque más que comprar, aquel día lo que hicimos fue apostar.

Clara levantó las cejas.

— ¿Apostar?

— Sobre nuestro futuro.

Se lo expliqué. Más de media hora de cola bajo el sol, esperando para entrar en una caseta de ventas improvisada rodeada de parcelas sin edificar. Teatinos entonces era casi un descampado.

— Cuando por fin entramos —continué— firmamos una reserva. Y en ese momento empezó todo.

Clara sonrió.

— ¿Y no te dio miedo?

— Bastante. Pero más que miedo, preocupación.

Recordé las dudas que se agolpaban en mi cabeza aquel día. ¿Seremos capaces de pagar las cuotas? ¿Cómo estaremos dentro de veinte años? ¿Nos irá bien en el trabajo? ¿Hemos hecho bien eligiendo un barrio donde todo está por hacer? ¿Y si los precios bajan?

— Suena bastante familiar —dijo ella.

— Comprar una vivienda siempre ha sido eso —contesté—. Un acto de fe que firmas ante notario, retando al futuro.

Se quedó pensativa, removiendo su café.

— Pues ahora ese acto de fe parece reservado a unos pocos.

— ¿Tan difícil está?

Suspiró.

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— Peor de lo que crees. En Málaga el mercado no piensa en nosotros. Como casi todo últimamente, está enfocado al comprador extranjero… y con él no podemos competir.

Asentí.

— El mercado de primera residencia prácticamente ha desaparecido —continuó— absorbido por la vivienda turística y la segunda residencia.

— Entonces, ¿qué os queda?

Clara sonrió con resignación.

— La segunda mano.

— Eso siempre ha existido.

— Sí… pero ahora es prácticamente lo único que puede estar a nuestro alcance. Y aun así tampoco es fácil.

— ¿Por qué?

— Porque ya no competimos solo con otras familias malagueñas, sino con inversores.

— Eso tampoco es nuevo.

— Tal vez no —dijo—, pero ahora juegan a otra cosa aprovechando un mercado extremadamente tensionado —cogió una servilleta y empezó a dibujar números imaginarios—. Cuando nosotros vemos un piso imaginamos como sería nuestra vida en él: la distribución, la luz, si la cocina es independiente, la orientación de la terraza, si el barrio nos gusta…

— ¿Y ellos?

— Ellos ven otra cosa. Calculan el alquiler estimado de la zona, aplican una rentabilidad objetivo… y ya tienen el precio que están dispuestos a pagar.

— Una fórmula.

— Exacto.

— ¿Y la vivienda?

Clara se encogió de hombros.

— Eso es secundario.

— ¿La distribución?

— Les da igual.

— ¿Las calidades?

— También.

— ¿El barrio?

— Solo si afecta al alquiler —me miró con esa mezcla de ironía y cansancio, otra vez—. Para nosotros una vivienda es un lugar donde vivir. Para ellos es un activo que escasea y que puede dar beneficios —guardó silencio un instante—.  Y cuando compites con alguien que no compra para vivir… casi siempre terminas perdiendo. Incluso puede que acabes siendo el inquilino de aquel piso que estuviste a punto de adquirir. Tengo amigos en esa situación —dio un sorbo al café—. Lo que más me duele es que está ocurriendo en barrios que conoces de toda la vida.

— ¿A qué te refieres?

— Por ejemplo, al barrio de mi abuela.

— ¿La Trinidad?

Asintió.

— De pequeña iba allí todos los domingos. Era un barrio muy sencillo. Muy de Málaga. Las vecinas sentadas en la puerta, los comercios de siempre… la gente llamándose por su nombre.

Miró por la ventana un instante, como tomando aire.

— Ahora cada vez que paso por allí me cuesta reconocerlo.

— ¿Ha cambiado tanto?

— Muchísimo. Se está llenando de hoteles, edificios de apartamentos turísticos… nuevos proyectos pensados para los visitantes. Lo venden como revitalización urbana.

— ¿Y tú cómo lo ves?

— Como un ejemplo bastante claro de gentrificación. El barrio se revaloriza… pero pierde su identidad. Me resulta raro sentir nostalgia por un lugar que sigue existiendo… pero que ya no es el mismo —se quedó pensativa y continuó—. Pero aun suponiendo que encontremos algo…

— ¿Qué?

— Pues que muchas veces ni siquiera es lo que buscamos. Ni se acerca, vaya.

Sonrió con cierta amargura. Me contó algunas de las opciones que habían considerado: pisos diminutos, estudios con cocinitas imposibles, algún “coliving”, “flexliving” u otro anglicismo que no recordaba.

— La vida de estudiante estirada al infinito.

— Exacto. Eso ya lo he vivido y quiero pasar a otra cosa.

— ¿Compartirías?

— No es una opción. Es una elección por descarte —levantó la vista—. Con todo esto estamos normalizando algo muy serio.

— ¿Qué?

— La precariedad habitacional.

— Al final el espacio sí que importa —añadí—. ¿Y qué buscáis exactamente?

— Algo normal.

Se rio.

— Pero parece que es mucho pedir.

Enumeró lo que para ella era “algo normal”: poder invitar a amigos sin tener que desmontar media casa, poder cocinar sin esquivar el sofá ni temiendo que acabe oliendo a fritoleo, poder quedarme en mi barrio de siempre… o al menos cerca, poder plantearme tener hijos con mi pareja.

Hizo una pausa.

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— Tantas cosas que viví durante mi infancia en casa de mis padres… a las que ahora parece que tendré que renunciar.

— ¿Por el precio?

— Por el precio… y por el espacio.

Se quedó pensativa.

— Nos dicen que nuestra generación no entiende el esfuerzo. Que preferimos viajar, salir, disfrutar del momento —levantó la mirada—, pero la verdad es otra. Sabemos perfectamente que probablemente viviremos peor que nuestros padres.

Esta vez no había rastro de ironía.

— Antes el trabajo era sinónimo de promesa: estudiar, esforzarte… y vivir mejor que la generación anterior. Ahora esa promesa ya no existe. Tenemos que recalcular la ruta programada con antelación.

Bajó la voz.

— A veces me sorprendo temiendo verme dentro de unos años sin vivienda… y sin hijos —el silencio se hizo más pesado—. Y cuando sospechas que el futuro será más estrecho que el pasado… pues claro que privilegiamos el ocio o los viajes.

— ¿Por qué?

— Porque al menos eso sí sabemos que podremos vivirlo. El futuro parece cada vez más difícil de construir… así que terminamos consumiendo el presente.

— ¿Habéis pensado en alquilar? —pregunté.

— Claro.

— ¿Y?

— El alquiler significa aceptar la intranquilidad de si renovarán el contrato… y en qué condiciones. A veces pienso que acabaremos en una autocaravana.

Sonreí.

— A eso se le podría llamar movilidad residencial —bromeé.

No se rio.

— La solución que más escucho últimamente es alquilar una habitación —me miró—. ¿En serio?

No respondí.

— Hay claramente un problema social —continuó—. Y no te hablo solo de gente sola. Incluso parejas con trabajo están frustradas. La clase media está completamente desatendida. Al final todos acabamos mirando a las afueras… o los pueblos cercanos.

— Para cumplir la regla del tercio —dije.

— Exacto, a cambio de tirar el tiempo en el transporte.

— Buscando no destinar más de un tercio de lo que ingresas a la vivienda.

— Pues con los precios actuales eso es casi imposible.

El café se había enfriado.

— Lo curioso —dije tras un momento— es que llevamos años hablando de lo mismo.

— Sí.

— Precio del suelo. Coste del metro cuadrado. Falta de mano de obra…

Clara sonrió.

— Lo leo todos los días, mientras, en el estudio proyecto pisos que nunca me podré permitir. En realidad, soy una diseñadora de productos de lujo… paradójicamente vitales y que solo me podré permitir gracias al “pago por uso”, como cualquier otra suscripción.

— Y además…

— La vivienda es un bien que escasea. Es la tormenta perfecta.

Me recliné en la silla.

— A veces siento cierta pereza ante tanta teoría y tan pocas soluciones.

Un ángel pasó.

De pronto Clara preguntó:

— Tú, que ya tienes tu casa… ¿qué significa eso para ti?

Tardé unos segundos en contestar.

— Una vivienda no es solo un lugar donde dormir y comer algo.

— Vale José, eso lo tengo claro.

— Es un lugar donde una persona puede estar.

— ¿Estar?

— Estar de verdad —seguí hablando, buscando las palabras justas. Un lugar donde puedes recibir a los tuyos. Donde te refugias, porque aquí te sientes tan seguro que imaginas tu futuro junto a alguien… un lugar donde te proyectas y ves crecer a los pequeños. Un lugar al que, cuando vuelves del trabajo, encuentras a alguien que te está esperando para que le cuentes como te ha ido.

Clara me miró con atención.

— Entonces… ¿tener una vivienda es tener un hogar?

— No necesariamente.

— ¿Cómo qué no?

— Porque el hogar no lo da el plano ni los metros cuadrados —me levanté a servir más café—. Lo da el momento en que llegas a casa y sabes que ese lugar es tuyo.

— ¿Tuyo en qué sentido?

— Tuyo emocionalmente —me senté de nuevo—. A ver si consigo explicarme, que las palabras no son mi fuerte. ¿Sabes lo que pasa con las casas?

— ¿A qué te refieres?

— A que el primer día solo tienes paredes. El continente…frío e impersonal.

— ¿Y luego?

— Luego empiezan a pasar cosas.

— ¿Como qué?

— La primera noche en tu habitación con aquel olor a nuevo y a ilusión. Luego vienen las primeras Navidades, o la primera cena con tus amigos en tu casa. Eso nunca se olvida —hice una pausa—. Y cuando te quieres dar cuenta… ya no podrías vivir en otro sitio.

Clara se quedó pensativa.

— Cuando era pequeña —dijo al cabo de un momento— siempre me imaginaba que las casas crecían con las familias.

— ¿Cómo que crecían?

— Que las habitaciones se iban llenando de cosas: fotos, libros, juguetes, marcas en la pared para medir cuánto te hacías mayor —sonrió con cierta nostalgia—. Ahora parece que lo único que crece es el precio… no las casas, que tienden a ser cada vez más pequeñas.

Me reí.

— ¿Sabes qué sentí el día que me dieron las llaves?

— ¿Qué?

— Algo difícil de explicar.

— ¿Extraño?

— Sí. El piso estaba completamente vacío. Sin muebles, ni cortinas, ni nada… pero sentí que estábamos a punto de llenarlo de vida. De la nuestra. De todo lo que viniera: lo bueno, lo malo, lo alegre y lo difícil… todo iba a pasar allí.

Clara se quedó mirándome.

— Tu futuro tenía dirección postal.

— Exactamente.

El silencio se invitó brevemente en la conversación. Clara recordó algo que le dije.

— Siempre dices que no hay Excel capaz de medir eso.

— No lo hay.

— ¿El valor sentimental?

— Eso, algo así.

— Un ratio completamente subjetivo.

— Que no entiende de EBITDA ni de cash flow.

Sonrió.

— ¿Sabes qué es lo más curioso?

— ¿Qué?

— Que cuando compras una vivienda lo haces por metros cuadrados.

— Tienes razón. Pero al cabo de los años, cuando la recuerdas, lo haces por momentos.

Nos quedamos callados unos segundos. Entonces Clara volvió a preguntar:

— Y… ¿cuándo ocurre eso?

La respuesta salió sola.

— Cuando después de meses buscando miras a tu pareja —hice una pausa— y dices: esta es nuestra vivienda. Nuestro hogar.

Clara no dijo nada. Se quedó mirando su taza vacía, con un dedo recorriendo el borde.

— Yo quiero eso José —dijo por fin, en voz baja.

El silencio se instaló un instante, de esos que entre amigos no incomodan.

De pronto Clara cogió el yogur, lo destapó y le dio una cucharada.

— Al final no estaba caducado —dijo, encogiéndose de hombros.

Y me regaló una sonrisa de las suyas mientras tomaba otra cucharada.

 

José García Ruiz - obranuevaenmalagaAutor: José García Ruiz – Arquitecto

Socio / Dirección Técnica de Ejecución y Obra en Asenjo + Asociados.

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