Ha pasado más de un año desde la última vez que te escribí. Aquella fue mi primera y única carta para Málaga. Te la debía por todos esos años a tu lado.
He decidido volver a escribirte tras haber intentado, sin éxito, hablar contigo varias veces.
—Ahora no puedo, estoy muy ocupada. Si eso, llámame más tarde—fue lo único que contestaste, sin apenas mirarme.
Una frase hecha, tan fría que cortó en seco cualquier intención de insistir. Una efímera conversación que olvidarás en cuanto te des la vuelta. Lo cierto es que últimamente estás dejando de lado a tus amigos de siempre, incluso a los de la infancia, para dejarte querer por gente de otras latitudes que hasta ayer ni sabías que existían. Los que ahora te rodean no nacieron en una de tus calles ni conocen tu historia. Cuando una está de moda, se le acercan nuevos amigos “de toda la vida”. Todos quieren verte, estar a tu lado. Al descubrirte se quedan hechizados por la personalidad y la silueta de una ciudad que, hasta hace poco, era un tesoro reservado solo para los malagueños.

Yo no estoy entre los que vieron el día en uno de tus barrios asomados al Mediterráneo y divididos por el Guadalmedina, pero nos conocemos desde que tengo uso de razón. Dicen que la verdadera amistad resiste al tiempo, la distancia y el silencio. Últimamente la estás poniendo a prueba. Lo nuestro empezó durante aquellas vacaciones de verano que pasaron contigo una pareja de emigrantes españoles y su hijo, un pequeño guiri, nacido en Ginebra. Solo nos veíamos cada dos años, pero fue suficiente para forjar entre nosotros mucho más que una amistad, a pesar de todo lo que parecía separarnos. Nuestra relación se intensificó hace ya 28 años, cuando decidí “volver” a la ciudad que vio nacer a mi madre.
Veintiocho son muchos. Para una persona es la edad perfecta: apurando la mítica década de los 20, a las puertas de los 30, y toda una vida por descubrir. Para una amistad, es una muestra inequívoca de que, pase lo que pase, estaremos presente el uno para el otro. Entre nosotros existe la confianza suficiente para que te escriba esta carta. Espero que cuando la recibas te tomarás el tiempo—que has dejado de dedicarme—para leerla y reflexionar.

Mis visitas suelen ser al caer la tarde o ya entrada la noche, para tomar algo, cenar o disfrutar de algún espectáculo en vivo. Lamentablemente, he comprobado que esas son las peores horas para hablar contigo.
Sin embargo, la última vez que te vi fue en otro momento del día, muy distinto. Tenemos un proyecto de rehabilitación en calle Calderería que requiere mucha atención y dedicación. La semana pasada volví para fotografiar y medir la solería hidráulica existente. Decidí ir a primera hora.
Aquella mañana podría haber pasado por el túnel de la Alcazaba, pero tras su último lavado de cara sigue sin caerme bien; me resulta inhóspito, pese a ser el camino más corto para ir a visitarte.
Prefiero perder el tiempo por el Paseo de Parque. Son las ocho de la mañana de un día laborable inusualmente agradable. Será por el contraste con el densificado barrio de la Malagueta que dejo a mis espaldas, mientras me acompaña mi playlist de canciones animadas.

Voy disfrutando de la luz oblicua del sol que recorta las sombras de las palmeras y ficus sobre la solería de mármol, mientras sus siluetas me escoltan hasta el Rectorado. Antes saludo la neobarroca Casona del Parque y paso de puntillas delante de la monumental fachada neoclásica de tu Banco de España, sin apenas mirarlo. Al alcanzar la torrecita circular de la Antigua Casa de Correos y Telégrafos, decido rodearla para girar a la derecha y cruzar la calle. Mientras me quito los airpods, entro en tu casco histórico por la Travesía Pintor Nogales. Camino sin música de fondo, sin mirar el móvil, sin likes…quiero verte sin filtros.
Es uno de mis accesos preferidos para ir a visitarte: un pasillo en pendiente, flanqueado por la fachada almohadillada de la Aduana y el muro de la Alcazaba, me da la bienvenida con los versos de Vicente Aleixandre. Una Aduana que parece girarse para asomarse desde su plaza y dar los buenos días a sus vecinos: el Teatro Romano y el Palacio de Buenavista, la nueva casa de Pablo, tu hijo preferido. A esta hora hay poca gente y la temperatura es agradable. Te estás despertando. De buen humor, acogedora y atractiva como yo te recordaba.

Decido seguir por calle Císter. Paso delante de calle Afligidos, que siempre he visto como una placita con cierto encanto, y te prometo—por enésima vez y con una pizca de vergüenza—que iré en cuanto pueda a visitar el museo de Revello de Toro.
Los camareros de El Jardín están ocupados preparando las mesas para el desayuno, bajo la mirada de la catedral. La Manquita sonríe de torre a torre, esperanzada con la idea de que su nueva cubierta a dos aguas le permita por fin pasar un invierno sin mojarse entera.
Callejeo sorteando las camionetas de reparto que abastecen los numerosos restaurantes. Un pequeño ballet de cajas de frutas, verduras y bebidas me acompaña hasta llegar a la plaza del Carbón, agradablemente despejada. Me inclino ante el café de Madrid, que vigila la entrada a calle Calderería. Veo a lo lejos a mi compañera Elsa esperándome en la puerta del edificio. Llego con un poco de retraso, algo imperdonable para un suizo. La saludo. Tenemos bastante trabajo por hacer, pero entre dos iremos más rápido.

Tras casi dos horas tomando fotos y notas—en las que hemos encontrado un hueco para admirar tus cubiertas desde la última planta—salimos del edificio.
El contraste es inmediato. Te noto distinta. El calor está apretando y te veo hiperactiva. No te has dado cuenta de nuestra presencia. Se oye un gentío cerca de la plaza Uncibay, intuyo que es por el rodaje de alguna serie. El flujo de viandantes es incesante, decido deshacer el camino de ida. Elsa me acompaña y, una vez en la calle, empezamos a abrirnos paso entre un ejército curiosamente uniformado: pantalones cortos, camisa estampada, gorra, gafas de sol y sandalias con calcetines. Algunos llevan una cámara réflex al hombro, atentos a lo que ven, listos para disparar en cualquier momento.
Un par de horas les han bastado para tomar la calle, las tiendas y las terrazas. No hay resistencia. Te entregas por completo a esta marea, y todo en ti parece diseñado para su consumo. Aquel espacio urbano, memoria emocional de muchos malagueños, ha claudicado sin ofrecer batalla, sin condiciones, en una rendición que traiciona su esencia …todo a cambio de una dulce bonanza económica que oculta tu fuerte adicción al turismo.
Por un lado, quizás lo mejor sea que nunca te falte esta sustancia que te vuelve tan eufórica, aunque te alejes inexorablemente de nosotros. Pero, por otro lado, quiero ser optimista. Confío en que esta carta te sirva para que logres acercarte de nuevo a los amigos que te añoran y que están deseando ayudarte. Volver a verse como si nada hubiese ocurrido. Recuperar aquellas amistades descuidadas por las promesas de unas cuantas franquicias de moda, algunos bares irlandeses desorientados y una plaga de kebabs cutres.

Es William Arthur Ward quien escribió:
“Es imposible, dice el orgullo. Es arriesgado, dice la experiencia. Es inútil, dice la razón.
Inténtalo, susurra el corazón.”
En aquel instante me di cuenta de que no te habías percatado de nuestra despedida. Te estábamos dando la espalda. Ya caminábamos por el Parque, a punto de llegar a la Malagueta… donde, al fin y al cabo, no se está tan mal. Y entonces, aquel joven guiri, que nunca se fue, decidió que debía escribirte esta carta
Espero volver a verte muy pronto.
Un fuerte abrazo.
José
Autor: José García Ruiz – Arquitecto
Socio / Dirección Técnica de Ejecución y Obra en Asenjo + Asociados.
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