No sé en qué momento nos convencimos de que la buena arquitectura debía parecerse a una infografía recién retocada. Detrás de cada proyecto se esconden miles de horas de trabajo y al finalizar una obra mostramos, con cierto orgullo, la correspondencia entre el edificio construido y el render inicial.
Todo según lo previsto: limpio, ordenado y controlado.
Fachadas compuestas con dos o tres materiales, una paleta cuidadosamente escogida, huecos alineados geométricamente con precisión, ritmo matemático y volúmenes que dialogan entre sí siguiendo una lógica impecable. Fotografías hiperestéticas, con espacios vacíos o, como mucho, ocupados por una sola persona…generalmente descalza. Todo está pensado para ser observado desde la calle. Todo está diseñado para transmitir una idea que nada ni nadie debería alterar.
Todo excepto la vida.
No sé muy bien por qué.
¿Es pudor?
¿O miedo a introducir elementos imposibles de controlar?

Lo confieso: durante mucho tiempo fui un convencido de ello. Defendía que la actitud del edificio debía permanecer impasible independientemente de quienes vivieran dentro. Un solo tipo de toldo. Un único color de carpintería. Ninguna alteración inesperada. La arquitectura debía imponerse al habitante, y no lo contrario, para preservar intacta la pureza de la composición. Aplicaba, sin cuestionarlo, lo que me enseñaron en la Escuela.
Era una idea tan asumida que ni siquiera parecía discutible.
La diversidad podía existir, sí, pero siempre de puertas hacia dentro.
Sin embargo, desde hace algún tiempo sospecho que algo no funciona.
Las ciudades se llenan de edificios cada vez más correctos, más “aesthetic” y, al mismo tiempo, de calles cada vez más silenciosas. Fachadas impecables que no cuentan nada, o que cuentan siempre la misma historia, una y otra vez. Pieles perfectas y lisas que han aprendido a borrar cualquier rastro de quienes viven detrás.
Es la cultura del filtro aplicada a la arquitectura. Con una diferencia importante: una story de Instagram desaparece al cabo de 24 horas; los edificios permanecen durante décadas.
Paseamos frente a ellos y sabemos que están habitados porque algunas luces se encienden al caer la noche. Poco más.
Quizá por eso siento cada vez más simpatía por la ropa tendida. Sí, esa ropa que ya casi no vemos porque la hemos expulsado de las fachadas, hasta convertirla en un elemento ilegal, relegándola a tendederos interiores, patios ocultos y secadoras.
No porque sea bonita en sí misma. Muchas veces no lo es. Como tampoco lo es nuestro día a día. Pero posee algo que cada vez resulta más raro encontrar en nuestras ciudades: una prueba de vida.

Por eso últimamente siempre me fijo en aquella ventana que cada mañana amanece vestida de manera diferente de camino al trabajo. Quien tiende esa ropa es un artista urbano anónimo. Alguien que, sin saberlo, consigue que esa fachada cuente mucho más que cualquier render.
Una sábana movida por el viento. Una camiseta infantil. Un pantalón sujeto con pinzas de colores. O la tan temida ropa interior.
Pequeñas señales que nos recuerdan que detrás de cada ventana se vive una historia distinta y única.
Las fachadas tradicionales estaban llenas de esas interferencias. Toldos diferentes. Macetas improvisadas. Persianas a medio bajar. Ropa secándose al sol. Colores cambiantes que no combinan y gente sentada en la calle charlando.
La composición arquitectónica nunca estaba completamente terminada.
Dejaba espacio para que sus habitantes participaran en ella.
¿Existe alguna calle que transmita más alegría que una calle napolitana atravesada por cordeles cargados de ropa? ¿Existe una vista urbana más andaluza que la contemplada desde la Torre Tavira, con las azoteas de Cádiz salpicadas de coladas? Es el paradigma de la ciudad mediterránea: imperfecta, espontánea y profundamente humana, su esencia. Un rasgo que estamos perdiendo —lo dice, por cierto, alguien criado en las calles de Ginebra.

Hoy, en cambio, hemos llegado al extremo contrario.
Hasta el punto de proyectar edificios que parecen códigos de barras habitables: una sucesión infinita de líneas horizontales blancas y negras. Algunos los consideran un símbolo de modernidad y buen diseño. Yo, en cambio, tengo la desagradable sensación de que son fachadas concebidas para que nada ocurra sobre ellas. Como si la vida fuese una interferencia que hubiera que mantener bajo control.
Últimamente los llamamos edificios cebra.
Y siento cierta injusticia hacia las cebras: ellas sí son irrepetibles e indomables, con un dibujo tan personal como una huella dactilar.
Nuestros edificios, en cambio, se parecen cada vez más unos a otros. Es el triunfo de lo arquitectónicamente correcto. La homogeneización del paisaje urbano. La estandarización de las ciudades. Mismos edificios, mismas calles.

Sé que muchos compañeros no compartirán esta opinión.
Pero me pregunto cuándo perdimos la capacidad de reinterpretar lo mejor de la arquitectura y del urbanismo.
¿Por qué no dejamos un espacio para que cada uno tienda su ropa en la fachada?
¿Por qué no permitimos que los habitantes formen parte de la puesta en escena cotidiana de la calle?
Al fin y al cabo, la calle es el escenario de una parte de sus vidas.
Ahí quizá resida la diferencia: la arquitectura tradicional aceptaba que los habitantes terminaran el edificio; la contemporánea intenta impedirlo.
El problema no es la arquitectura blanca, ni el minimalismo, ni la búsqueda de la belleza. El problema aparece cuando la obsesión por el orden expulsa cualquier rastro de vida, cuando la fachada deja de ser el rostro de un edificio para convertirse en una máscara inexpresiva.
Y entonces la ciudad, aun llena de gente, empieza a parecer vacía. Quizá el arquitecto no deba aspirar a decidir cómo debe verse un edificio durante los próximos cien años, sino a diseñar uno que nunca termine del todo.
Tal vez la buena arquitectura sea aquella que deja espacio para que sus habitantes la completen…aunque para ello solo hagan falta una cuerda, unas pinzas y una sábana moviéndose al viento.
Autor: José García Ruiz – Arquitecto
Socio / Dirección Técnica de Ejecución y Obra en Asenjo + Asociados.
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