He soñado que…

He soñado que… - obranuevaenmalaga

Esta noche he soñado
que vivía en un mundo
que no valoraba la arquitectura.

Un mundo de edificios clónicos,
descendientes de un único diseño
genéticamente perfecto.

Un mundo en el que todos
aspiran a actuar igual.

Porque existen normas no escritas que señalan la diferencia.

Porque todos caminan con la cabeza gacha,
scrolleando en busca de su dosis diaria de dopamina.

Mirando a otros vivir.
Tener éxito.
Viajar.
Sonreír en el momento justo.
Quererse con filtros.
O haciendo el unboxing de su vida.

Exhibiendo una felicidad de un solo uso,
desechable, recién sacada de la caja,
para ganarse unos reconfortantes likes.

Con todos los medios tecnológicos para poder hablarse en línea,
pero desalineados con quienes tienen justo al lado.

Es la soledad hiperconectada,
pero enredada socialmente.
Es el match que sustituye a la sonrisa,
espontánea y cautivadora.

Nos comparamos sin descanso.
Nos mostramos a todos sin llegar nunca a encontrarnos.

Un mundo digitalizado,
alérgico a lo analógico,
intolerante a lo orgánico.

Huyendo de aquello que no sigue el guion del logaritmo,
mientras se persigue la viralidad al ritmo de las vistas
y del pulgar en alto.

Un mundo que se olvida
de levantar la mirada
para ver la arquitectura que lo rodea,
con el cielo azul de fondo.

Cuando lo bonito es pararse.
Tomar aire.
Sentir.

Y decir que aquel edificio,
sin duda,
ha sido proyectado con cariño.

Que tiene personalidad.
Que su alzado destaca sin pedir protagonismo.
Que la proporción de sus huecos equilibra su lado más opaco.
Que sus terrazas disimulan con astucia una silueta masiva.
Que sus sombras arrojadas transforman su rostro mientras persiguen al sol.
Que el color de su piel se llena de matices a lo largo del día.

Porque la arquitectura trasciende lo tangible
y trastoca lo sensible.

La arquitectura es fantástica.

Tanto, que incluso tiene sus superhéroes.

Zaha,
y sus curvas imposibles.

Frank,
y su coraza de titanio.

Kahn,
y su geometría hipnótica.

Wright,
y su rampa infinita.

Renzo y Richard,
eternamente jóvenes por una travesura parisina.

Norman,
y su irresistible trazo británico.

Le Corbu,
y sus paseos arquitectónicos.

Nouvel,
y sus respuestas inesperadas.

Pero la arquitectura también tiene sus héroes anónimos.

Mortales.
Cotidianos.

Ellos son
quienes moldean tu ciudad.

Es ese amigo arquitecto.
El que parece hablar otro idioma.

El que no entiendes cuando dice
que la arquitectura es dibujar el espacio.

Que es la traducción construida del presente.
La petrificación de un momento cultural.

El que insiste en que la arquitectura es de todos.
Porque pertenece a la calle.

Al viandante que pasa,
sin saberlo, a su lado.

Porque se proyecta
para un lugar
y para alguien.

Pero acaba siendo
tuya,
mía,
de todos.

Por eso siempre se debe proyectar
con la seriedad de un niño que juega.

Y nunca,
nunca,
se proyecta solo.

Porque proyectar
es entender
e interferir.

Es decir
y contradecir.

Es estar presente
en todas las escalas
que nos rodean.

Deseando diseñar un espacio de vida.

Tratando de huir de la fatalidad
reglamentaria,
económica
y técnica.

Para habitar el tiempo.
Porque la arquitectura
es la pareja del tiempo.

Ella permanece a su lado.
Siempre fiel a su tiempo.

Mira lejos.
Tutea al futuro,
sin olvidar el pasado que ha vivido.

Es sensible a su entorno.
Tiene arte buscando tu atención.

Y para que siga viva hay que cuidarla.
Mimarla.
Hablar con ella.

Porque la arquitectura
es un receptáculo
de sensaciones preciosas.

Las mismas
que habitan tu hogar.

Porque habitar
es marcar un espacio con tu presencia.
Es escribir tu historia,
junto a los tuyos.

Habitar es natural y perfumado.
Por la mañana huele a pan tostado
y café recién hecho.

Habitar es ruidoso como la vida misma.
Suena a las risas del peque de la casa
corriendo por el pasillo,
perseguido por su hermana.

Habitar es el primero
y el más bello de los derechos.
Aunque los derechos están pasados de moda.

Están de rebajas,
a precio de saldo.
Remezclados con otros trapos sucios,
en la planta sótano de nuestra Sociedad Anónima.

Y ahora,
solo ahora,
me doy cuenta
de que estaba soñando realidad.

Una realidad
que me empuja con fuerza
a no dejar de soñar.

A no dejar de imaginar proyectos
en arquitectura,
y en mi vida.

A no dejar de sentir.
A no dejar de existir.

Más que nunca.

 

José García Ruiz - obranuevaenmalagaAutor: José García Ruiz – Arquitecto

Socio / Dirección Técnica de Ejecución y Obra en Asenjo + Asociados.

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