La calle, el escenario de la ciudad

La calle - obranuevaenmalaga

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L@s arquitect@s dedicamos gran parte de nuestro esfuerzo a definir edificaciones, sea cual sea su propósito. Desde los improbables trazos del boceto inicial hasta la ilusionante materialización en obra, ponemos nuestro empeño (con la ayuda de ingenier@s) para que todo quede técnicamente resuelto dentro del presupuesto, pero sin renunciar a una estética notable y coherente con el entorno que finalmente acogerá el edificio.

Sin embargo, en este proceso, a menudo descuidamos un elemento que, en mi opinión, define en gran medida cualquier ciudad: el vacío al que suele asomarse la fachada principal. Con un edificio no solo diseñamos un volumen, con sus distintas dependencias y circulaciones interiores, sino que también generamos casi sin querer su negativo: un espacio público que lo rodea, casi siempre una calle.

“Las calles son los canales de comunicación de la ciudad, el lugar donde se desarrolla la vida pública.” — Kevin Lynch

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Lo que de verdad revela el alma de una urbe no son solo sus construcciones; es, ante todo el espacio que éstas configuran y que sus habitantes llenan de vida. Cuando evocamos paisajes urbanos, casi siempre acabamos haciendo referencia a alguna calle o plaza. Estos espacios “no construidos” son las huellas dactilares de cada ciudad: únicas e irrepetibles, como lo pueden ser algunas de las personas con las que te cruzas durante la vida y que permanecen en algún lugar de tu memoria.

Cuando amigos de “mi otra ciudad” me preguntan por Málaga o por Andalucía, suelo hablarles de sus calles y de las sensaciones que transmiten, y no tanto de sus edificios. Supongo que tiene que ver con ese extraño placer que sentimos todos al pasearnos por calles con un cierto duende. Nada mejor que perderse por el laberinto de una ciudad si queremos conocerla de verdad.

“Las calles son el teatro de la vida urbana.” — Jan Gehl

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Cuando hablo de calles, me refiero a aquellas con la personalidad suficiente como para que ninguna ciudad se parezca a otra. Espacios pensados a la escala del peatón, con aceras que invitan a deambular, detenerse ante un escaparate, admirar una fachada o disfrutar de una conversación que se prolonga en una terraza soleada. Lugares donde coexisten personas y, ocasionalmente, vehículos, aunque estos últimos siempre deberían ser invitados y no protagonistas. Cuando una calle se ensancha en exceso y sacrifica su alma al ritmo del tráfico, pierde gran parte de su encanto transformándose en bulevar o avenida que une con eficacia dos puntos de la ciudad, sin llegar jamás a convertirse en un lugar que invite a quedarse.

Las calles caracterizan una singularidad urbana que percibo en la mayoría de las ciudades españolas, y especialmente en Málaga, la que mejor conozco. Hay algo intangible que rara vez he encontrado en otras geografías. Tal vez todo se reduzca a una expresión que nos pertenece como pocas, tan entrañablemente española que parece no caber en ninguna otra lengua: “salgo a la calle”. No a un sitio concreto, no a una dirección determinada. A la calle. Así, sin más. La calle como destino en sí mismo. Como extensión del hogar. Como lugar de vida donde, además de circular, uno se detiene a socializar, mirar, ser visto, encontrarse.

Las calles y sus aceras, los principales lugares públicos de una ciudad, son sus órganos más vitales. ¿Qué es lo primero que nos viene a la mente al pensar en una ciudad? Sus calles. Cuando las calles de una ciudad ofrecen interés, la ciudad entera ofrece interés; cuando presentan un aspecto triste, toda la ciudad parece triste.” —Jane Jacobs

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Pocas cosas definen tanto a una ciudad como sus calles. No me refiero únicamente a su faceta funcional, sino a su papel como espacio compartido, como soporte de la vida colectiva. Las calles son el lugar del paseo y del encuentro, donde lo cotidiano se mezcla con lo extraordinario. Son la piel visible de nuestras ciudades, lo que el forastero percibe en cuanto llega, su memoria pavimentada.

En Málaga, esa memoria late en muchas de sus calles. ¿Qué sería de la ciudad sin la calle Larios, con su eje noble, su pavimento claro, sus toldos estivales y su vocación de salón urbano? Su trazado rectilíneo, sus proporciones armoniosas y su atmósfera abierta han hecho de ella un símbolo de identidad. Aunque su remodelación supuso un cambio de personalidad. Más mundana y aburguesada, ha dejado atrás su estrecha acera envuelta por el ruido de los coches, autobuses y el perfume a gasolina quemada para dar paso al murmullo de los viandantes. Olvidando los negocios tradicionales se ha rendido a las franquicias de grandes grupos como otras tantas ciudades a riesgo de asemejarse, cada vez más, a un mall comercial a cielo abierto.

Pero hay muchas más.

La calle Victoria asciende con suave y constante pendiente, impregnada de historia y devoción popular, hasta quebrarse para convertirse en un compás que nos conduce al Santuario de la patrona de la ciudad. Calle Granada serpentea entre lo histórico y lo comercial, donde lo antiguo y lo nuevo aún consiguen conversar en voz baja. La calle Carretería, tras décadas de olvido, vuelve a ser cómodamente transitada con una mezcla de nostalgia y expectativa.

Incluso fuera del centro, hay calles con carácter, como la calle Cristo de la Epidemia o calle Mármoles, donde la vida fluye lejos de los tópicos turísticos, a la espera de algún retoque urbanístico.

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Frente a ellas, muchos de los nuevos conjuntos residenciales carecen de alma: calles monótonas, sin sombra, recovecos, bancos, ni comercios…sin gracia. Vías que se cruzan, pero no se viven. Ejes funcionales que no dejan huella. Nadie recuerda una calle de una urbanización periférica, pero todos guardamos en la memoria alguna esquina con un quiosco, una jacaranda en flor o una fachada suavemente enrojecida por el sol del atardecer.

Cada calle tiene su nombre. Pueden ser rectas o curvas, anchas o estrechas, en pendiente, desangeladas o concurridas, luminosas o sombrías. Las hay frescas o calurosas, en fondo de saco o tan atractivas que todas las demás quieren tener un cruce con ella. La calle no es solo infraestructura: es cultura, identidad, ciudad. Y como tal, debemos volver a mirarla, diseñarla y vivirla con la atención que merece, antes de que seamos incapaces de diferenciarlas.

Tenemos trabajo por hacer.

José García Ruiz - obranuevaenmalagaAutor: José García Ruiz – Arquitecto

Socio / Dirección Técnica de Ejecución y Obra en Asenjo + Asociados.

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