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El valor del tiempo proyectual

tiempo proyectual - obranuevaenmalaga

Nuestra realidad cotidiana se desliza en un entorno administrado por cuatro dimensiones “palpables”, bien conocidas por todos, que son las coordenadas espaciales X, Y, Z y el tiempo, aunque últimamente los físicos teóricos consideran que son 11… ni más ni menos.

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Además de esas cuatro referencias, que permiten situarnos en cada momento de nuestra vida, tenemos circunstancias individuales que vienen a añadir otros indicadores. Nuestro propio ámbito laboral suele ser un universo paralelo regido por unos principios específicos que requieren la incorporación de nuevas dimensiones.

El sector residencial no es una excepción. En este caso, me parece oportuno tomar como referencia las 7 dimensiones establecidas por la metodología BIM, un universo multidimensional que cataloga oportunamente todas las facetas del diseño, incluyendo el ciclo de vida completo del edificio. Son 7 pilares que soportan todo el “peso” del proyecto: 1D (Concepto), 2D (Boceto), 3D (Modelado), 4D (Tiempo), 5D (Costes), 6D (Sostenibilidad) y 7D (Mantenimiento).

Tenemos asumido, para bien y para mal, que el factor económico es determinante en cada una de las decisiones tomadas durante todo el proceso de diseño de un edificio. Las hojas de cálculo son las que dictaminan el rumbo a seguir, la “mejor” opción, comparando y cuantificando fríamente todas las dimensiones del trabajo, aunque una de ellas sea más escurridiza… ¿Es tan sencillo determinar cuál es la cantidad de tiempo óptima para la redacción de un proyecto?

El tiempo es una dimensión que la humanidad lleva siglos intentando medir y cuantificar precisamente, con el propósito de evitar su desperdicio. Tenemos a nuestra disposición instrumentos que nos permiten visualizar como se nos va paulatinamente escapando de las manos. Algunos de estos, auténticas máquinas de medir el tiempo que llevamos acopladas a la muñeca, llegan a ser minuciosas obras de arte e ingeniería, íntimamente ligadas al buen hacer de mi país natal.

En nuestro caso, la dificultad reside en como evaluar económicamente el tiempo óptimo necesario para el diseño de un edificio.

La redacción de un proyecto residencial requiere el concierto de dos actores: el promotor y el estudio de arquitectura. Dos empresas, dos mundos que tienen que cooperar y entenderse para conseguir un producto que tenga salida en un mercado vivo.

Las promotoras residenciales son empresas dedicadas a activar e impulsar proyectos con el propósito último de la venta (o el alquiler) a un consumidor final, un negocio con indudable riesgo económico. Requieren una alta capacidad analítica del mercado inmobiliario, con el objetivo de poder elaborar un producto adaptado a la demanda de una zona concreta, teniendo en cuenta todos los factores, y a su vez lograr cierta capacidad de anticipación a los cambios de tendencias. Para ello, monitorizan todo el proceso de diseño. Las promotoras buscan asegurarse que el resultado final corresponda a los parámetros establecidos, basados en los datos obtenidos por su pormenorizado análisis previo. Es evidente que, para este tipo de empresas, el tiempo que transcurre hasta la entrega de llaves (incluido el que se dedica al diseño), no solo está valorado como un gasto económico que hay que reducir, sino que también es el indicador fundamental que determinará que una promoción “salga a tiempo”, evitando encontrarse eventualmente con unas condiciones de mercado distintas de las esperadas e inadaptadas a su perfil. En este último caso, la capacidad de adaptación de la promotora para reformular su producto a corto plazo será determinante.

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Los estudios de arquitectura son parte de esta compleja aventura. Nuestro trabajo es generador de valor, y además somos los agentes con más responsabilidad en este proceso. Tenemos que diseñar un edificio que corresponda al programa establecido por la promotora. Gracias a un equipo multidisciplinar de profesionales buscamos las mejores soluciones dentro del marco económico propio de cada proyecto, todo ello sin perder de vista el proceso eminentemente creativo de toda arquitectura y el cumplimiento de las normativas en vigor. Nuestra formación, por lo menos en mi caso, nos enseña (entre otras cosas) el valor de la funcionalidad, la distribución, las proporciones, la percepción visual y sensorial que puede transmitir un espacio al ocuparlo, considerando el tiempo como una inversión en beneficio de la calidad del proyecto. El arquitecto no nace siendo ávaro en horas dedicadas a proyectar, pero al salir de la facultad debe enfrentarse a la cruda realidad del mercado.

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Durante estos últimos veinte años, hemos sido testigos de la incesante progresión e intensificación de las exigencias normativas aplicadas a la edificación, complejizando cada vez más la labor del arquitecto y de los demás profesionales involucrados. La situación actual requiere edificios más eficientes, más sostenibles, donde las instalaciones se multiplican y adquieren un papel esencial, reclamando coordinación y adaptación a la estructura, todo ello debiendo ser realizado con gran agilidad. El proyecto de Ejecución, la etapa de diseño en la que todos los elementos tienen que encajar y funcionar según lo previsto anteriormente, está alcanzando altos niveles de exigencia y definición. Tenemos que ser más económicos y rápidos, haciéndonos sentir como aquel personaje de Lewis Carroll, que no para de correr mientras le grita a Alicia que llega tarde a su destino…Una incómoda y paradójica situación, donde la complejidad creciente de los edificios se confronta con la constante disminución de los plazos de redacción, con el riesgo de sobrepasar el “punto de fractura” a partir del cual el proyecto se desvirtúa perdiendo gran parte de sus cualidades originales.

Es cierto que cuantificar el tiempo necesario para la redacción de un proyecto es algo muy complejo, que la experiencia y el conocimiento del proceso pueden ayudar a fijar de manera bastante realista. Al igual que en el ámbito económico, promotores y arquitectos tienen que aprender el uno del otro para evitar fijar plazos que irremediablemente lastran el proceso y van en detrimento de la calidad del proyecto: 2 o 3 semanas más, pueden en muchos casos, evitar incidencias añadidas durante la obra, otra etapa del proyecto con sus propias dificultades y complejidades.

Se trata de conseguir un producto final de calidad que repercute positivamente en la reputación y la imagen de todas las partes, en beneficio del futuro usuario de la vivienda.

Aunque el tiempo sea una unidad de medida necesaria en nuestro sector, no tiene por qué ser incuestionable: opino que el mejor proyecto no es el que llega antes.

 

 

 

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José García Ruiz - obranuevaenmalagaAutor: José García Ruiz

Arquitecto coordinador de ejecución en el Estudio Ángel Asenjo y Asociados de Málaga

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